La obra más audaz del Pedregal ya no existe. Entre 1948 y 1952, Juan O’Gorman —el padre del funcionalismo mexicano convertido al organicismo de Frank Lloyd Wright— construyó en San Jerónimo 162 una casa que no se asentaba sobre la lava: se fusionaba con ella. Aprovechó una burbuja natural de gas volcánico como estancia principal, se entraba por un arco maya, y muros y techumbres ondulantes iban revestidos de mosaicos pétreos multicolores con Tláloc, Chaac, soles y jaguares.
Diego Rivera la llamó “la primera casa moderna de estilo netamente mexicano”. O’Gorman la llamaba “poesía en piedra”.
Ahogado por deudas, O’Gorman la vendió en 1969 a la escultora Helen Escobedo, quien terminó demoliéndola para levantar una estructura contemporánea. La pérdida sumió a O’Gorman en una crisis profunda que, según varios testimonios, contribuyó a su suicidio en 1982. Es la herida abierta del patrimonio de la colonia — y la razón por la que cada casa moderna que sobrevive aquí importa tanto.
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