Categoría: Historia

  • De 16,000 m² a los condominios: el ocaso de la utopía (y ARTZ)

    La historia del Pedregal también es la de sus contrastes. En septiembre de 1971, a poca distancia de los muros del paraíso barraganiano, el mismo malpaís protagonizó la toma de tierras más grande de América Latina: más de cien mil personas fundaron en tres días el Pedregal de Santo Domingo, dinamitando a mano los promontorios para construir una ciudad popular de la nada, bajo el lema de líderes como Fernando Díaz Enciso: “sembrar jardines donde sólo había basureros”.

    Para los ochenta, la utopía residencial original empezó a fracturarse: mantener lotes de hasta 16,000 m² era insostenible, y comenzó la subdivisión y demolición del patrimonio moderno para levantar condominios, corporativos y colegios. De las más de 800 casas erigidas bajo la filosofía de Barragán y Cetto, hoy sobreviven apenas unas 60.

    El símbolo de la nueva era llegó en 2018: ARTZ Pedregal, 390,000 m² de usos mixtos sobre el Periférico Sur, con torres de oficinas, parques escultóricos, boutiques de lujo y el espacio de arte contemporáneo “Arte Abierto” — la antítesis exacta del jardín introspectivo que Barragán soñó setenta años atrás. Entender la colonia es entender esa tensión: un paisaje que nunca quiso borrar a la naturaleza, sino enmarcar su brutalidad salvaje y eterna.

  • Tres presidentes, Silvia Pinal y García Márquez: el Pedregal de las estrellas

    La promesa de privacidad, terrenos palaciegos y urbanismo de vanguardia convirtió al Pedregal en el feudo de las élites a partir de los sesenta. Tres presidentes vivieron sobre esta lava: Gustavo Díaz Ordaz, Ernesto Zedillo y José López Portillo —cuyo complejo familiar fue bautizado por la prensa como “La Colina del Perro”—. También comunicadores como Jacobo Zabludovsky y Joaquín López Dóriga, y un Premio Nobel: Gabriel García Márquez pasó aquí sus últimos años.

    Pero fue la Época de Oro del cine la que selló la fama del rumbo. Silvia Pinal compró —con sus ganancias de Cabo de Hornos— una mansión modernista con piscina excavada en la piedra y arcos de cantera, diseñada en parte por Manuel Parra. Ahí se filmaron películas de culto como María Isabel (1968) y se celebraron cenas legendarias con luminarias internacionales y directores como Luis Buñuel.

    Ese es el linaje de estas calles: donde hoy pasas caminando al café, ayer cenaban Buñuel y la Pinal.

  • El Animal del Pedregal y los vitrales de Goeritz

    La infraestructura pública del fraccionamiento se pensó como escultura. En la entrada de Avenida de las Fuentes, una reja naranja y una fuente entre muros ciclópeos de mampostería volcánica; cerca, la Plaza del Bebedero y la Fuente de los Amantes: paseos ecuestres entre eucaliptos monumentales donde piletas lineales rematan contra muros ciegos, en evocación de la Alhambra.

    En 1951, Barragán comisionó al escultor Mathias Goeritz una obra para el acceso: “El Animal del Pedregal”, una estructura enigmática de concreto —mitad serpiente, mitad lagartija— que encarna el espíritu totémico de la fauna de las rocas. Fue el arranque de la colaboración Barragán–Goeritz y la semilla del Manifiesto de la Arquitectura Emocional, la filosofía que después daría el Museo El Eco y las Torres de Satélite. Hoy el Animal sobrevive, asediado por el tráfico, como vestigio de la utopía fundacional.

    Goeritz dejó otra joya en la colonia: los vitrales de la Parroquia de la Santa Cruz — iniciada por José Villagrán García en 1956 y reconfigurada por Antonio Attolini Lack tras el Concilio Vaticano II, con su baldaquino en forma de Corona de Espinas. Los vitrales bañan los muros encalados de azules y ámbares espectrales: luz convertida en emoción.

  • La casa-cueva de Juan O’Gorman: poesía en piedra, demolida

    La obra más audaz del Pedregal ya no existe. Entre 1948 y 1952, Juan O’Gorman —el padre del funcionalismo mexicano convertido al organicismo de Frank Lloyd Wright— construyó en San Jerónimo 162 una casa que no se asentaba sobre la lava: se fusionaba con ella. Aprovechó una burbuja natural de gas volcánico como estancia principal, se entraba por un arco maya, y muros y techumbres ondulantes iban revestidos de mosaicos pétreos multicolores con Tláloc, Chaac, soles y jaguares.

    Diego Rivera la llamó “la primera casa moderna de estilo netamente mexicano”. O’Gorman la llamaba “poesía en piedra”.

    Ahogado por deudas, O’Gorman la vendió en 1969 a la escultora Helen Escobedo, quien terminó demoliéndola para levantar una estructura contemporánea. La pérdida sumió a O’Gorman en una crisis profunda que, según varios testimonios, contribuyó a su suicidio en 1982. Es la herida abierta del patrimonio de la colonia — y la razón por la que cada casa moderna que sobrevive aquí importa tanto.

  • Max Cetto: la primera casa habitada del Pedregal

    El arquitecto alemán Max Cetto —formado con Hans Poelzig y exiliado del fascismo en 1937— trajo el rigor del racionalismo centroeuropeo a las sinuosidades de la lava. Como colaborador de confianza de Barragán, diseñó en 1950 las “Casas Muestra” de Avenida de las Fuentes, las piezas que debían demostrar a los inversionistas que habitar el malpaís era viable y lujoso.

    Pero su obra más íntima fue su propia casa-estudio, construida en 1949 en la calle de Agua 130: la primera casa habitada de todo el Pedregal. Donde Barragán esculpía espacios dentro de la roca, Cetto logró que la casa emergiera suavemente del terreno, abrazando la topografía en lugar de imponerse.

    El jardín fue obra de su esposa, Catarina Kramis, que mezcló cactáceas endémicas con semillas traídas de Europa. Hoy la casa sigue en manos de la familia, y su nieto Julián Cetto ofrece recorridos donde los visitantes prueban infusiones botánicas cultivadas en esos mismos jardines históricos. Pocas colonias del mundo pueden presumir que su casa fundadora sigue viva y abierta.

  • Casa Pedregal: la casa que Barragán esculpió en la lava (y renació en Tetetlán)

    La primera gran residencia del fraccionamiento fue la Casa Prieto López —hoy Casa Pedregal—, construida entre 1947 y 1951 en Avenida de las Fuentes 180. Barragán convenció a su amigo Eduardo Prieto López de arriesgarse a vivir sobre la lava, y diseñó los espacios de manera intuitiva, directamente sobre el terreno, dictando muros y ventanales según las rocas y las vistas al Popocatépetl y al Iztaccíhuatl.

    Nada de colores estridentes: terracotas pálidas que exaltan la negrura del basalto, viguería de sabino, duelas de ahuehuete, y la piedra irrumpiendo en patios hundidos y en la icónica alberca esmeralda. El mobiliario, creado ex profeso por Clara Porset, completó una síntesis total de las artes.

    En 2013, el coleccionista César Cervantes compró la propiedad y emprendió cuatro años de restauración —precedidos por uno entero de investigación— para devolverle su pureza de 1951. Las antiguas caballerizas se transformaron en el Centro Cultural Tetetlán (“lugar entre muchas piedras”): restaurante con ex-chefs de Pujol, biblioteca, fotografías de Armando Salas Portugal, yoga y mercado orgánico, con pisos de cristal que dejan ver la lava viva bajo tus pies. La casa solo se visita con reservación: es un espacio vivo, no un museo.

  • Un peso el metro: Diego Rivera, el Dr. Atl y el sueño de Barragán

    El génesis intelectual de Jardines del Pedregal tiene fecha y autor: en 1945, Diego Rivera escribió “Requisitos para la organización del Pedregal”, un manifiesto que exigía algo insólito — que el desarrollo residencial no aplanara la lava, sino que se subordinara a su belleza dramática: arquitectura que emergiera de la piedra, respeto a los desniveles y a la flora nativa.

    Inspirado por ese texto y por sus recorridos con el Dr. Atl —el pintor vulcanólogo—, Luis Barragán compró terrenos e inició lo que el crítico Emilio Ambasz llamaría “una misión sagrada”. En 1949, el urbanista Carlos Contreras presentó el trazo: nada de cuadrícula; las calles fluyen orgánicamente por los valles que dejó el magma, como ríos de asfalto, y llevan nombres de fenómenos naturales que sobreviven intactos: Fuentes, Luz, Fuego, Lluvia, Nubes, Cantil, Farallón.

    Para atraer a los primeros valientes se vendieron lotes de 2,000 a 16,000 m² a un peso el metro cuadrado —hoy esa cifra rebasa los 31,000 pesos—. Y para demostrar que el malpaís era habitable, Barragán construyó los “Jardines Tipo”: recintos amurallados donde la lava, el agua y la flora nativa se volvían paraíso.

  • Bandidos de Río Frío: cuando el malpaís era guarida

    Durante el virreinato y el turbulento siglo XIX, el abandono convirtió al Pedregal en el refugio perfecto de prófugos y asaltantes. Grutas como la temida Cueva de las Golondrinas se volvieron sinónimo de escondites inexpugnables donde se guardaba mercancía robada lejos del alcance de la autoridad.

    Ese mundo quedó inmortalizado en Los bandidos de Río Frío (1889–1891), la novela monumental de Manuel Payno: más de 200 personajes —el Coronel Relumbrón, Juan Robreño, Evaristo, Moctezuma III— operando en una red criminal cuyos nodos eran precisamente las guaridas naturales del Pedregal, las pulquerías y los mercados del valle. En la pluma de Payno, este suelo no era un escenario: era un geosímbolo del caos que acechaba a las puertas de la “ciudad de los Palacios”.

    Por las mismas décadas, la ciencia europea miraba con otros ojos: Alexander von Humboldt quedó impactado por el basalto solidificado y lo comparó con los campos magmáticos de Europa, catalogándolo como clave para descifrar la historia geológica de la región — el interés académico que un siglo después daría origen a la REPSA.

  • Palo loco: la planta que florece cuando nadie más puede

    El basalto filtró la vida sin piedad: solo sobrevivió lo que pudo colonizar un medio casi sin suelo y sin agua. El resultado, tras siglos de sucesión ecológica, es un hábitat único en el mundo: el matorral xerófilo del Pedregal, cuyo último gran remanente vive protegido en la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel (REPSA), custodiada por la UNAM, con más de 1,500 formas de vida en unos 2.47 km².

    Su especie insignia es el “palo loco” (Pittocaulon praecox), un arbusto de tallos suculentos en forma de candelabro que hace exactamente lo contrario que todos: florece en amarillo vivo en plena temporada de secas y tira el follaje cuando más llueve. De ahí el nombre.

    En las grietas y cuevas prosperan la biznaga de San Ángel, el nopal del pedregal, el maguey pulquero y orquídeas amenazadas como el chautle. Y entre la fauna: lagartijas endémicas, la víbora de cascabel —con protocolos de rescate cuando aparece en calles—, murciélagos insectívoros y el escurridizo cacomixtle, el vecino nocturno más famoso de la colonia.

  • La Serpiente del Pedregal: un petrograbado de doce metros

    Para los pueblos mesoamericanos que llegaron después de la erupción, este mar de lava petrificada era una manifestación tangible del inframundo. Sobre el cerro Zacatepetl, la loma del Zacayuca y la lava circundante se extendía un vasto complejo ceremonial —el Santuario del Zacatepetl— donde se realizaban cacerías sagradas y rituales para mantener el equilibrio del cosmos. Se cree que algunos promontorios y cuevas sirvieron para la ceremonia del Fuego Nuevo, celebrada cada 52 años para renovar el ciclo del universo.

    El vestigio más impresionante es “La Serpiente” o “Víbora del Pedregal”: un relieve colosal de diez a doce metros de longitud, tallado directamente sobre una laja de lava plana. Representa una serpiente de cascabel —símbolo de agua, tierra y fertilidad— flanqueada por un caracol y una figura que sugiere un mono.

    Otro petrograbado corrió una suerte más extraña: el llamado “Diablo de Moctezuma”. Es sin duda una deidad prehispánica, pero el sincretismo colonial lo transformó en figura demoníaca con cuernos, alimentando durante siglos los miedos de las comunidades vecinas. La colonia está, literalmente, tatuada de historia.

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