La historia del Pedregal también es la de sus contrastes. En septiembre de 1971, a poca distancia de los muros del paraíso barraganiano, el mismo malpaís protagonizó la toma de tierras más grande de América Latina: más de cien mil personas fundaron en tres días el Pedregal de Santo Domingo, dinamitando a mano los promontorios para construir una ciudad popular de la nada, bajo el lema de líderes como Fernando Díaz Enciso: “sembrar jardines donde sólo había basureros”.
Para los ochenta, la utopía residencial original empezó a fracturarse: mantener lotes de hasta 16,000 m² era insostenible, y comenzó la subdivisión y demolición del patrimonio moderno para levantar condominios, corporativos y colegios. De las más de 800 casas erigidas bajo la filosofía de Barragán y Cetto, hoy sobreviven apenas unas 60.
El símbolo de la nueva era llegó en 2018: ARTZ Pedregal, 390,000 m² de usos mixtos sobre el Periférico Sur, con torres de oficinas, parques escultóricos, boutiques de lujo y el espacio de arte contemporáneo “Arte Abierto” — la antítesis exacta del jardín introspectivo que Barragán soñó setenta años atrás. Entender la colonia es entender esa tensión: un paisaje que nunca quiso borrar a la naturaleza, sino enmarcar su brutalidad salvaje y eterna.