El génesis intelectual de Jardines del Pedregal tiene fecha y autor: en 1945, Diego Rivera escribió “Requisitos para la organización del Pedregal”, un manifiesto que exigía algo insólito — que el desarrollo residencial no aplanara la lava, sino que se subordinara a su belleza dramática: arquitectura que emergiera de la piedra, respeto a los desniveles y a la flora nativa.
Inspirado por ese texto y por sus recorridos con el Dr. Atl —el pintor vulcanólogo—, Luis Barragán compró terrenos e inició lo que el crítico Emilio Ambasz llamaría “una misión sagrada”. En 1949, el urbanista Carlos Contreras presentó el trazo: nada de cuadrícula; las calles fluyen orgánicamente por los valles que dejó el magma, como ríos de asfalto, y llevan nombres de fenómenos naturales que sobreviven intactos: Fuentes, Luz, Fuego, Lluvia, Nubes, Cantil, Farallón.
Para atraer a los primeros valientes se vendieron lotes de 2,000 a 16,000 m² a un peso el metro cuadrado —hoy esa cifra rebasa los 31,000 pesos—. Y para demostrar que el malpaís era habitable, Barragán construyó los “Jardines Tipo”: recintos amurallados donde la lava, el agua y la flora nativa se volvían paraíso.
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