La infraestructura pública del fraccionamiento se pensó como escultura. En la entrada de Avenida de las Fuentes, una reja naranja y una fuente entre muros ciclópeos de mampostería volcánica; cerca, la Plaza del Bebedero y la Fuente de los Amantes: paseos ecuestres entre eucaliptos monumentales donde piletas lineales rematan contra muros ciegos, en evocación de la Alhambra.
En 1951, Barragán comisionó al escultor Mathias Goeritz una obra para el acceso: “El Animal del Pedregal”, una estructura enigmática de concreto —mitad serpiente, mitad lagartija— que encarna el espíritu totémico de la fauna de las rocas. Fue el arranque de la colaboración Barragán–Goeritz y la semilla del Manifiesto de la Arquitectura Emocional, la filosofía que después daría el Museo El Eco y las Torres de Satélite. Hoy el Animal sobrevive, asediado por el tráfico, como vestigio de la utopía fundacional.
Goeritz dejó otra joya en la colonia: los vitrales de la Parroquia de la Santa Cruz — iniciada por José Villagrán García en 1956 y reconfigurada por Antonio Attolini Lack tras el Concilio Vaticano II, con su baldaquino en forma de Corona de Espinas. Los vitrales bañan los muros encalados de azules y ámbares espectrales: luz convertida en emoción.
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