Durante el virreinato y el turbulento siglo XIX, el abandono convirtió al Pedregal en el refugio perfecto de prófugos y asaltantes. Grutas como la temida Cueva de las Golondrinas se volvieron sinónimo de escondites inexpugnables donde se guardaba mercancía robada lejos del alcance de la autoridad.
Ese mundo quedó inmortalizado en Los bandidos de Río Frío (1889–1891), la novela monumental de Manuel Payno: más de 200 personajes —el Coronel Relumbrón, Juan Robreño, Evaristo, Moctezuma III— operando en una red criminal cuyos nodos eran precisamente las guaridas naturales del Pedregal, las pulquerías y los mercados del valle. En la pluma de Payno, este suelo no era un escenario: era un geosímbolo del caos que acechaba a las puertas de la “ciudad de los Palacios”.
Por las mismas décadas, la ciencia europea miraba con otros ojos: Alexander von Humboldt quedó impactado por el basalto solidificado y lo comparó con los campos magmáticos de Europa, catalogándolo como clave para descifrar la historia geológica de la región — el interés académico que un siglo después daría origen a la REPSA.
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